A+ R A-

La procreación

Correo electrónico Imprimir PDF
Cuando nos acercamos al Antiguo Testamento se descubren dos puntos de interés, que adquieren un especial relieve: la sexualidad como origen de la vida, es decir, el valor de la procreación y las faltas morales a las que da lugar el desorden sexual, o sea, los pecados contra la castidad.
 
 
 
 
 
 


El primer dato acerca de la finalidad procreativa de la sexualidad corresponde al momento mismo de la aparición del hombre y de la mujer. Después de la narración de la creación de la pareja humana, Dios los bendice con estas palabras: “sed fecundos y multiplicaos” (Gén 1,28). Es claro que la bendición divina -“y bendíjolos Dios y dijo”- tiene como finalidad la procreación. Asimismo la narración de Génesis 2, con lenguaje más arcaico, propone la misma finalidad. La imagen de “formar los dos una sola carne” (Gén 2,2) no es ajena al sentido de engendrar que connota la diversidad de sexos: “Estaban ambos desnudos, el hombre y la mujer y no se avergonzaban uno de otro” (Gén 2,25).

A partir de este primer dato, la procreación se presenta en la Biblia como un gran bien. De aquí brota muy pronto la “ley del levirato”. Levir (hebreo yâbân), es un término latino que significa “cuñado”. Dicha ley imponía que, si un marido muere sin dejar descendencia, su hermano debería desposarse con la cuñada viuda:

“Si unos hermanos viven juntos y uno de ellos muere sin tener hijos, la mujer del difunto no se casará fuera con un hombre de familia extraña. Su cuñado se llegará a ella, ejercitará su levirato tomándola como esposa, y el primogénito que ella dé a luz llevará el nombre de su hermano difunto; así su hermano no se borrará de Israel” (Dt 25,5-6).

La finalidad de esta ley era garantizar que todos los matrimonios tuviesen descendencia, con ello también se regulaba la estabilidad de los bienes mediante la herencia. La Biblia testifica el cumplimiento de esta ley en el caso de Tamar (Gén 38,6-8) y de ella los saduceos deducen los argumentos en contra de la resurrección de los muertos (Mt 22,23-30).

Asimismo se procuraba un segundo matrimonio a las viudas que no habían tenido descendencia. Es el caso de Rut, con quien se casa Booz “para perpetuar el nombre del difunto en su heredad” (Rut 4,5). La razón que justifica estos matrimonios sin hijos es que la esterilidad se consideraba como una desgracia: ahí están los lloros de Sara (Gén 16,1-6), los celos de Raquel respecto de Lía (Gén 30, 1-2) y la “soledad y oprobio” de Zacarías e Isabel (Lc 1,25). También la esterilidad se podía desear o infligir como un castigo. Fue el que Yahvé impuso a la esposa y concubinas de Abimélek por haber abusado de Sara, mujer de Abraham (Gén 20, 17-18). Oseas lanza esta maldición simbólica contra Israel: “¡Dáles senos que aborte y pechos secos!” (Os 9,14). También la maldición y el celibato de Jeremías quieren significar la soledad y esterilidad de Judá (Jer 16,1-4; 31,31-34). Por el contrario, Dios puede acabar con la esterilidad, si se le pide (1 Sam 1-24).

La poligamia de Israel tampoco fue ajena al intento de suplir de algún modo la infertilidad de la esposa estéril. Esta fue la causa de que Sara mandase a Abraham que tomase a Agar, pues así “quizá podré (Sara) tener hijos de ella” (Gén 16,2). Por su parte, Raquel pide a Jacob que tome a su criada Bilhá, para “que dé a luz sobre mis rodillas: así también yo (Raquel) ahijaré de ella” (Gén 30,3). Y, después que la esclava dio a luz el primer hijo, Raquel improvisa esta oración de alabanza: “Dios me ha hecho justicia, pues ha oído mi voz y me ha dado un hijo”(Gén 30,6). Hasta el incesto de las hijas de Noe se motivó porque pensaron que “no había ningún hombre en el país que se una a nosotras” (Gén 19,31-38).

La fecundidad es un deseo constante de la mujer hebrea, por eso se considera como una bendición de Yahvé. El poeta salmista ensalza la fertilidad de la esposa con las imágenes más bellas y atrevidas: la esposa ha de ser como “la parra fecunda en el interior de tu casa; tus hijos, como brotes de olivo alrededor de tu mesa” (Sal 128,3; cfr. Prov 17,6) y la mujer estéril se convierte en “madre de hijos jubilosa” (Sal 113, 9), pues “los hijos son la herencia de Yahvé, que recompensa el fruto de las entrañas” (Sal 127, 3). Y la sabiduría hebrea ensalza como una bendición la multiplicación de los hijos: “será bendito el fruto de tus entrañas” (Dt 28,4). A Rut se le desea una gran descendencia (Rut 4,12). Y Raquel es felicitada con el deseo de que sus descendientes crezcan “en millares de millares” (Gén 24,60). De aquí el rapto de las 200 jóvenes de Silo para evitar que se extinguiese la tribu de Benjamín (Jue 21,15-23). Asimismo, el amor y el sentido bíblico de las “genealogías”.

Por este motivo, la legislación rabínica prohibía el matrimonio de los eunucos (sarisim). Más aún, a pesar de que numerosos eunucos ocupaban un lugar importante en las cortes de los pueblos vecinos, se prohibía a la mujer judía casarse con ellos[2].

De aquí que, si se exceptúa el caso de los esenios, la virginidad no era, en general, exaltada en Israel, más que como preparación para el matrimonio[3].

“El AT sólo conoce una estima de la virginidad como preservación de la muchacha antes del matrimonio, o como elemento de pureza ritual (Gén 34,7.31; 24,16; Jc 19,24). La pérdida de la virginidad significa para la muchacha disminución del precio del casamiento (Ex 22,15-16; Dt 22,14-19) y hasta la pena de la lapidación (Dt 22,20-21); en todo caso, pérdida del honor (2 Sam 13,2-18; Lm 5,11; Si 7,24; 42,9-11). El sumo sacerdote sólo puede casarse con una virgen (Lv 21,13-14). Esta prescripción se extiende a todo sacerdote, en Ez 44,22”[4].

En resumen, la sexualidad en sentido bíblico se refiere al ámbito del matrimonio y está orientada a la procreación. En consecuencia, se prohíben las “relaciones prematrimoniales” y se ensalza como un honor la procreación fecunda de los esposos.

Comments 

 
+1 # andres castellanos 23-08-2012 21:07
gracias muchas gracias
Reply | Reply with quote | Quote
 

Escribir un comentario

Código de seguridad
Refescar

Lo mas leido...