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Perdido en la traducción: el fracaso de la norma internacional de derechos reproductivos.

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Durante décadas, países poderosos y fundaciones acaudaladas llevaron a cabo una campaña para crear un estándar mundial para el derecho al aborto. Pese a sus esfuerzos, se ha adoptado la frase «salud reproductiva», pero no una norma internacional de derechos reproductivos.

 

Cuarenta años después de que los defensores del aborto introdujeron el término «salud reproductiva» en el programa internacional de población, no están más cerca de su meta principal: una norma internacional de salud reproductiva que incluya el aborto legal y accesible. Pero tampoco los provida han podido extirpar del término sus connotaciones abortistas, por lo que siguen rebatiéndolo.

 

 

Como guerra de trincheras, acalorados debates sobre estas palabras que ocupan un mínima cantidad de texto continúan irritando a los dirigentes (últimamente, a legisladores estadounidenses que buscan la ratificación del tratado de las Naciones Unidas sobre las personas con discapacidad y a diplomáticos de la ONU que intentan definir nuevos estándares de desarrollo determinando cómo se gastarán miles de millones de dólares en subsidios.

¿Como puede un término lograr prácticamente omnipresencia y aún así la idea detrás de él no conseguir alcanzar ni siquiera un modesto consenso? La respuesta yace no solo en qué se está difundiendo, sino en cómo.

Las normas internacionales se adoptan en tres etapas: «surgimiento», mediante poderosos empresarios que convencen a las naciones para que las incorporen; «cascada», cuando los estados las incluyen en leyes y políticas nacionales; e «internalización», cuando concluye el debate interno sobre la norma. Tal es la opinión de las especialistas en relaciones internacionales Martha Finnemore y Kathyrn Sikkink. El movimiento de derechos reproductivos fue muy exitoso en la primera etapa y menos, en la segunda, pero al final no pudo lograr la «internalización» debido a extralimitaciones estratégicas y traspiés tácticos.

En 1973, el director del Consejo de Población, Frank Notestein, instó a sus colegas a mantener una «postura antiaborto» en su labor. Pero le ganó la partida la asistente de John D. Rockefeller III, Joan Dunlop, quien redactó el discurso principal de este para la Conferencia Mundial de Población de 1974 en Bucarest. Dunlop pasó a dirigir la agrupación proabortista International Women's Health Coalition, y más tarde atribuiría a su organización el mérito de poner «la salud reproductiva en el mapa».

Dunlop fue sucedida por Adrienne Germaine, quien le ayudó con su discurso de Bucarest y continúa promoviendo el aborto como miembro de delegaciones estadounidenses. En 2010, la exsecretaria de Estado Hillary Clinton intentó, prematuramente, consolidar los logros del movimiento con un anuncio durante declaraciones en el Congreso en las que dijo que el aborto era parte de la salud reproductiva.

 

Pero esto condujo a una notoria derrota para el movimiento cuando perdió en un enfrentamiento con el Primer Ministro canadiense, Stephen Harper, quien impidió la inclusión del aborto en el programa de subsidios del G-8 en 2010. El movimiento sufrió una serie de reveses ese año, en especial cuando investigadores independientes revelaron que la prueba central que ellos usaban para promocionar el aborto (el cálculo de la Organización Mundial de la Salud para muertes maternas por abortos «riesgosos») estaba sobreexagerada y se apoyaba en una metodología defectuosa. Otro golpe vino en 2012, cuando los líderes mundiales rechazaron el término «salud reproductiva» en la cumbre de la ONU sobre desarrollo sostenible celebrada en Río de Janeiro.

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