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Los creò varón y mujer

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 ¿Por qué Dios creó al hombre y a la mujer? ¿Por qué quiso que en la pareja humana, más que en cualquier otra criatura, brillase su imagen? El hombre y la mujer que se aman, con todo su ser, son la cuna que Dios ha elegido para depositar Su amor, a fin de que cada hijo y cada hija que nacen en el mundo puedan conocerlo, acogerlo y vivirlo, de generación en generación, alabando al Creador.
 



En las primeras páginas de la Biblia se ilustra el bien que Dios ha pensado para sus criaturas. Dios creó al hombre y a la mujer iguales en la dignidad pero diferentes: uno varón, la otra mujer. La semejanza unida a la diferencia sexual permite que los dos entren en diálogo creativo, estrechando una alianza de vida. En la Biblia la alianza con el Señor es lo que da vida al pueblo, en relación con el mundo y la historia de toda la humanidad. Lo que la Biblia enseña acerca de la humanidad y de Dios tiene su raíz en la experiencia del Éxodo, en el cual Israel experimenta la cercanía benévola del Señor y se convierte en su pueblo, aceptando esa alianza, la única de la que proviene la vida.

La historia de la alianza del Señor con su pueblo ilumina el relato de la creación del hombre y de la mujer. Son creados para una alianza que no les atañe sólo a ellos, sino que implica al Creador: «lo creó a imagen de Dios, varón y mujer los creó».

La familia nace de la pareja pensada, en su misma diferencia sexuada, a imagen del Dios de la alianza. En esta el lenguaje del cuerpo reviste gran importancia, revela algo de Dios mismo. La alianza que un hombre y una mujer, en su diferencia y complementariedad, están llamados a vivir es a imagen y semejanza del Dios aliado de su pueblo. El cuerpo femenino está predispuesto para desear y acoger el cuerpo masculino y viceversa, pero lo mismo, antes aún, vale para la «mente» y el «corazón». El encuentro con una persona del otro sexo siempre suscita curiosidad, aprecio, deseo de hacerse notar, de dar lo mejor de sí, de mostrar el propio valor, de cuidar, de proteger…; es un encuentro siempre dinámico, cargado de energía positiva, puesto que en la relación con el otro/a nos descubrimos a nosotros mismos y nos desarrollamos. La identidad masculina y femenina resalta especialmente cuando entre él y ella surge la admiración por el encuentro y el deseo de establecer un vínculo.

En el relato de Génesis 2, Adán se descubre varón precisamente en el momento que reconoce a la mujer: el encuentro con la mujer le hace percibir y nombrar su ser hombre. El recíproco reconocimiento del hombre y de la mujer vence el mal de la soledad y revela la bondad de la alianza conyugal. Contrariamente a lo que sostiene la ideología del género, la diferencia de los dos sexos es muy importante. Es el presupuesto para que cada uno pueda desarrollar la propia humanidad en la relación y en la interacción con el otro.

Mientras los dos cónyuges se donan totalmente el uno al otro, juntos se donan también a los hijos que podrían nacer. Dicha dinámica del don se empobrece cada vez que se hace un uso egoísta de la sexualidad, excluyendo toda apertura a la vida.

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