Pensar a Wojtyla para entender a Bergoglio

Martes 19 de Noviembre de 2013 14:48 Jaime Septién
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Mucho se ha especulado en la prensa, sobre todo entre los “vaticanistas” sobre la discontinuidad, incluso la divergencia entre el pensamiento y las posiciones conservadoras o liberales de Juan Pablo II y Francisco.  Por ello, Aleteia ha querido entrevistar al filósofo mexicano Rodrigo Guerra López, uno de los más connotados especialistas en el pensamiento de Karol Wojtyla.

 
- Recientemente usted ha impartido las “Karol Wojtyla Memorial Lectures” en la Universidad Católica de Lublin en la que Juan Pablo II dio clases durante varios decenios ¿cuál es el sentido de estas “conferencias”? ¿Cuál es en el fondo la actualidad de Karol Wojtyla como pensador?
 


Muy amablemente el padre Alfred Wierzbicki, director del Instituto Juan Pablo II de la Universidad Católica de Lublin,  y uno de los filósofos más importantes de Polonia, me extendió la invitación para ofrecer un conjunto de lecciones sobre el método filosófico de Karol Wojtyla.
 
Creo que precisamente este tema nos ayuda a valorar la actualidad del pensamiento de Karol Wojtyla-Juan Pablo II. El método que lentamente fue precisando el beato Juan Pablo II a lo largo de los años, y principalmente a través de sus obras filosóficas, es una invitación para hacer uso de la razón en orden a explorar la experiencia hasta su fondo más radical y definitivo. Es ir del fenómeno al fundamento.
 
De este modo, Wojtyla no crea un sistema acabado de pensamiento sino más bien abre un camino educativo para aprender a pensar, para interrogar la realidad y obtener respuestas fundamentales sobre el hombre y sobre el mundo. Así las cosas, cuando uno se familiariza con el método fenomenológico de Wojtyla uno evita una mera repetición mecánica de ciertas verdades e ingresa a un itinerario sin término de búsqueda apasionada de la verdad.
 
- Repetir verdades sin comprender de dónde surgen, ¿implica algún peligro al momento de interpretar adecuadamente a Juan Pablo II?
 
Así es. Estoy convencido que existe en algunos ambientes una interpretación ideológica de la filosofía de Karol Wojtyla y después del propio magisterio de Juan Pablo II. Es necesario usar siempre la razón para asentir. Aún el acto de fe es un asentimiento racional ante un don que se me ofrece y que me desborda. Cuando el ser humano asiente a una verdad minimizando el uso de su razón, cuando sólo repite de manera formalista, pierde una gran riqueza de contenido y en ocasiones no logra compartirlo a sus semejantes que necesitan comprender las razones que amparan la afirmación de una determinada verdad. Por ejemplo, en el terreno de la moral cristiana esto es fundamental.
 
- ¿Cuáles son los riesgos que usted ve en esto?
 
Los riesgos de una asimilación parcial y hasta tendenciosa son visibles en algunas controversias que se están suscitando en varios sectores conservadores que no logran entender las palabras y los gestos del Papa Francisco y los contraponen con sus antecesores inmediatos. Si bien es cierto que Wojtyla, Ratzinger y Bergoglio son personas diversas, también es cierto que Francisco no presenta en modo alguno una ruptura sino al contrario, una muy creativa continuidad y puesta en práctica de la enseñanza de Wojtyla y del propio Ratzinger.
 
- ¿Podría dar algunos ejemplos de eso que usted llama “continuidad creativa” entre Juan Pablo II, Benedicto XVI y Francisco?
 

Los tres papas son hombres que han amado profundamente el Concilio Vaticano II. Wojtyla escribió un bello libro sobre la importancia de la renovación que el Concilio aporta (La renovación en sus fuentes) y otro sobre la antropología filosófica subyacente principalmente en Gaudium et spes y en Dignitatis humanae. Este último libro es la obra tal vez más importante de Wojtyla como filósofo. Se intitula Persona y acción. Su intuición central consiste en mostrar cómo la acción revela a la persona, cómo la persona se trasciende cuando obedece en conciencia a la verdad y cómo el ser y hacer junto-con-otros colabora a crear una vida más humana y solidaria.
 
Benedicto XVI y Francisco han asimilado de manera muy existencial justamente este enfoque. En su autobiografía, Ratzinger se reconoce “personalista”, es decir, parte de este amplio movimiento que recupera la trascendencia de la persona en la acción y singularmente en la acción-junto-con-otros. Así mismo, Francisco es un pastor reflexivo que privilegia la comprensión de las personas en relación, de las personas-en-comunidad.
 
- Desde un ángulo más teológico, ¿se pueden encontrar otros elementos de continuidad?
 
Me atrevo simplemente a señalar dos: por una parte, la primacía de la gracia y la misericordia de Dios frente a los moralismos neopelagianos contemporáneos. Los tres papas han sido sumamente agudos al denunciar la reducción del cristianismo a un mero conjunto de “valores”, a un ideal de decencia, a un esfuerzo ascético para lograr coherencia.
 
Por otra parte, concebir la Iglesia como Pueblo de Dios que camina en la historia, es decir, como experiencia comunional que manifiesta empíricamente el Misterio que la funda, es característico de la eclesiología conciliar y de los tres papas.
 
- Este último tema también es muy típico de la Iglesia latinoamericana, ¿no le parece?
 
En efecto, en la Quinta Conferencia General del Consejo del Episcopado Latinoamericano celebrada en Aparecida, se afirma con gran contundencia la necesidad de superar el intimismo y la privatización de la experiencia de la fe, es decir, superar la idea de vivir la fe al margen de una compañía.
 
En algunos grupos se ha diluido a tal grado la experiencia de comunión, de ser y hacer-junto-con-otros, que se concibe la “communio” como una mera sintonía intelectual o como un mero “sentirse Iglesia” sin necesidad de la pertenencia empírica a la carne concreta de una comunidad concreta.
 
En todo grupo que pretenda reconocerse como Iglesia debemos reaprender a orar juntos, a acercarnos a los sacramentos juntos, a escuchar la Palabra en comunidad, a discernir los signos de los tiempos en común y así a emprender esfuerzos creativos para la transformación del mundo según Cristo sobre todo respondiendo al dolor de los más pobres y vulnerables.
 
- ¿Esta es la apuesta y la propuesta de Aparecida: las comunidades de discipulado misionero?
 
Un parágrafo que de inmediato recuerdo a este respecto es aquel que dice, más o menos así: que la fe nos libera del aislamiento del yo, porque nos lleva a la comunión. Esto significa que una dimensión constitutiva del acontecimiento cristiano es la pertenencia a una comunidad concreta en la que podamos vivir una experiencia permanente de discipulado y de comunión con los sucesores de los apóstoles y con el Papa. Juan Pablo II, Benedicto XVI y Francisco son exponentes eminentes de esta manera encarnacionista de entender el ser y el hacer de la Iglesia.
 
- Regresando a Karol Wojtyla: ¿cuál es la herencia intelectual que nos deja? ¿Wojtyla era un conservador y Francisco es un liberal?
 
Las categorías conservador-liberal, derecha-izquierda, no logran atrapar el perfil de los papas. Recuerdo cuando algunos analistas franceses y norteamericanos, antes de la publicación de Centesimus annus, acusaban a Juan Pablo II de ser “social-demócrata”, de no comprender la democracia liberal y la economía de mercado.
 
Así mismo, hoy existen personas y grupos que consideran que Bergoglio es un conservador de fondo por su oposición al aborto y a la vida homosexual activa. Finalmente, no ha faltado el antiguo neoliberal devoto de Wojtyla que al leer la encíclica de Benedicto XVI Caritas in veritate señala con gran prejuicio que este documento es una recaída hacia la izquierda. En mi opinión, la verdadera herencia de Karol Wojtyla-Juan Pablo II trasciende por mucho el rígido esquema de las categorías nacidas en la modernidad ilustrada. Esta herencia es de orden principalmente cristiano y posee importantes proyecciones culturales. Se puede resumir en un concepto elemental: nueva evangelización.
 
- ¿Cómo resuena hoy, en los ambientes súper tecnificados eso de la nueva evangelización?
 
No quiero asumir un tono pío, sino más bien señalar que los tres pontífices saben muy bien que el evangelio anuncia la verdad sobre Dios y sobre el hombre revelada en Cristo. El evangelio no es objeto de ninguna reinvención. Lo nuevo de la “nueva evangelización” consiste en introducir una sensibilidad renovada al cambio de época, es decir, a la crisis del paradigma moderno-ilustrado y a las búsquedas (postmodernas) para salir de ella. Usando el lenguaje de Wojtyla: es la “controversia sobre lo humano” que se reformula en formas un tanto inéditas a principios del siglo veintiuno.
 
- ¿Por eso es tan importante estar atentos a los nuevos lenguajes juveniles?
 
Y no solamente a ellos.  También a los signos y símbolos de la nueva cultura adveniente, al uso de las nuevas tecnologías de comunicación e interacción social y a los nuevos patrones conductuales e identitarios. Quien no hace el esfuerzo de entender el cambio de época está condenado a repetir fórmulas del pasado que hoy por hoy resultan poco inteligibles y convocantes existencialmente.
 
- ¿Es necesario volver a leer a Wojtyla de un modo más especulativo para apreciar la continuidad y también la novedad de Benedicto XVI y de Francisco?

 
Quien considera que la continuidad es repetir estáticamente una fórmula no comprende la dinámica de la fe, que es la dinámica de un Dios encarnado que continúa presente en medio de la historia. La lógica de la Encarnación es la lógica de la nueva evangelización y la que permite una hermenéutica de la continuidad de los concilios y de los pontífices.
 
- ¿Qué decirle a quien se siente “desconcertado” ante Francisco?
 
Creo que puede encontrar una pista iluminadora pensando a Wojtyla. Sí, hay que pensar a Wojtyla para entender a Bergoglio. Y lo mismo digo de Ratzinger. Pero “pensar” significa ir hasta el fondo y no quedarse en las ramas. “Pensar” significa ante todo movilizar la razón a través de un afecto renovado por la verdad y por el bien. “Pensar” en este contexto también significa entender con la razón que un Amor nos sostiene y nos precede al momento de regalarnos un don tan inmerecido como el de la extraordinaria persona del Papa Francisco.

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