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La ideología y las batallas postconciliares

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Francisco denunció el grave error de confundir la fe con la ideología. Sabe bien lo que dice. Ha sido testigo del daño causado en las iglesias de Europa y América, además de haberlo combatido en el campo pastoral. Como san Pablo, ha peleado el buen combate.

 

Terminado el Concilio Vaticano II se desataron tremendas batallas por su interpretación, en las cuales la ideologización de la fe hizo daño a la Iglesia, mucho más que la mentada secularización que sólo en sus manifestaciones más radicales ha tomado la forma de anticristianismo.

 

El daño más grande provino de la misma Iglesia por la ideologización de la fe lo que, naturalmente, desde afuera atizaron con ganas. Los ideólogos ajenos la aprovecharon, pero en manera alguna la crearon. La Iglesia parecía entonces un desfile de carnaval. Había católicos enfundados en disfraces liberales y conservadores, de izquierda, derecha y centro, progresistas y reaccionarios, revolucionarios y fascistas, socialistas y capitalistas. No es que hubiera muchos en las comparsas, pero sí eran muy gritones. Todos se decían los auténticos intérpretes del concilio y del cristianismo. Los medios e intereses que les seducían les pusieron megáfono.

 

Cada comparsa confeccionó su teología política y un Cristo a su medida para exigir al magisterio y a la Iglesia plegarse a su voluntad. Decían pedir apertura a la Iglesia, o su encierro defensivo, cuando en realidad exigían claudicar en mor de un programa cortoplacista. Encandilados por distintas ideologías no faltó quien comprara los cristos del carnaval para, después, pelearse con la Iglesia porque, decían, ya no apoyaba sus demandas. Unos se dijeron los auténticos católicos en rebeldía o en estado de pureza, que viene a ser lo mismo. Otros se volvieron rabiosos y combativos anticatólicos. Algunos más simplemente se retiraron. La ideología ahogó su fe y nubló su razón religiosa. Jesús, el de Nazaret, ya no fue más un camino y lo convirtieron de alguna manera en su enemigo. Prefirieron la seguridad de la ideología, al reto de un Nazareno siempre nuevo, desconcertante, provocador, que nos saca de las zonas de confort y nos llama a la misión. Cristo no es una idea, es una persona. Murió por nosotros y resucitó. Es tan sencillo hoy, como lo fue para la mujer de Samaria.

 

La Iglesia defiende la vida del concebido y abraza a la mujer embarazada no por ser de derecha. Da cara por los migrantes y les da cobijo no por ser de izquierda. Lo hace porque ellos son nuestros hermanos, Cristo está con ellos y Cristo es Dios. Afirmar que son nuestros hermanos es lo más razonable que pueda decirse y no se requiere la verdad revelada para reconocerlo. Fe y razón siempre se armonizan en Cristo.

 

Nuestra vocación es por la persona y no por una ideología. Cuando confundimos los términos la filiación partidista acaba por ser más importante porque es una zona de confort. La coartada siempre es ideológica pues, en realidad, se pretende reducir la Iglesia a un partido, el Evangelio a un programa y la fe a una proclama.

 

Chesterton dijo alguna vez que la fe nos salva de la terrible carga de convertirnos en hijos de nuestro tiempo. Tenía razón. Una vez más se muestra la belleza de una de las más grandes paradojas cristianas y que recién nos recordó Francisco. Para ser protagonistas de nuestra vida, es necesario dejar que Dios escriba nuestra historia.

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