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La Iglesia no es enemiga

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La Iglesia no es enemiga a vencer, pues no pretende imponer el catolicismo a todo el país. Sólo pedimos libertad para exponer el Evangelio, para ofrecer a Jesucristo como único camino de verdad, de libertad y de vida plena.

 
 
 
 
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Es frecuente leer y escuchar opiniones contra nuestra amada Iglesia Católica. Se le descalifica y condena, no tanto con razones, sino trayendo a colación errores y deficiencias innegables del pasado y del presente. Nos quieren silenciar a los obispos, y tener libertad sólo ellos para ofendernos y desacreditarnos. Quisieran volver a la Constitución de 1917, cuando no se reconocía ni la existencia jurídica de la Iglesia. Se burlan de nuestras posiciones sobre moral sexual y de nuestra defensa de la vida y del matrimonio. No quisieran que recordáramos al pueblo lo que no es doctrina inventada por nosotros, sino Palabra de Dios. Premios Nóbel de Literatura, ignorantes de los géneros literarios y de los contextos en que se escribió, se burlan de la misma Biblia, como si fuera el peor libro, y Dios el más sanguinario. No dejan de caricaturizarnos. Nos consideran enemigos a vencer.

JUZGAR

Ya Jesucristo nos advirtió que mucha gente no quiere escuchar su Palabra. Si a El, que es el Maestro y la Verdad misma, lo rechazaron, ¡con cuánta mayor razón nos repelen a nosotros! Si lo crucificaron a El, que es Dios mismo, santo, perfecto, sin pecado, que hizo milagros portentosos, que demostró su sabiduría infinita, ¡qué nos espera a nosotros! No nos extraña, pues, que quienes son de este mundo pecaminoso, nos traten de silenciar, se burlen de nosotros, nos ofendan y nos amenacen con llevarnos a los tribunales civiles. Se atreven a citar aquello de que al César lo que es del César, pero olvidan la otra parte de que a Dios lo que es de Dios. Ni a Dios aceptan, mucho menos a su Iglesia, que les debe recordar que ellos no son dioses, para promover leyes y costumbres contrarias al camino de vida y felicidad que Dios nos enseña. Si se prescinde de Dios, la humanidad se derrumba.

San Pablo, en sus cartas a Timoteo, le advierte lo que debe hacer, frente a quienes, enemigos de la cruz de Cristo, propalan toda clase de doctrinas. Le dice: “Proclama la Palabra, insiste a tiempo y a destiempo, reprende, amenaza, exhorta con toda paciencia y doctrina. Porque vendrá un tiempo en que los hombres no soportarán la sana doctrina, sino que, arrastrados por sus propias pasiones, se harán con un montón de maestros por el prurito de oír novedades; apartarán sus oídos de la verdad y se volverán a las fábulas. Tú, en cambio, pórtate en todo con prudencia, soporta los sufrimientos, realiza la función de evangelizador, desempeña a perfección tu ministerio” (2 Tim 4,2-5).

Al respecto, ha dicho el Papa Benedicto XVI: “El mundo  -en la acepción que tiene este término en San Juan-  no comprende al cristiano, no comprende a los ministros del Evangelio. En parte porque de hecho no conoce a Dios, y en parte porque no quiere conocer a Dios, para que no lo perturbe su voluntad, y por eso no quiere escuchar a sus ministros; eso podría ponerlo en crisis” (3-V-09). “La Iglesia, como la Virgen María, ofrece al mundo a Jesús, el Hijo que ella misma ha recibido como un don, y que ha venido para liberar al hombre de la esclavitud del pecado… La Iglesia anuncia por doquier el Evangelio de Cristo, no obstante las persecuciones, las discriminaciones, los ataques y la indiferencia, a veces hostil, que más bien le permiten compartir la suerte de su Maestro y Señor” (25-XII-09).

“Es posible una sana colaboración entre la Iglesia y la comunidad política. No quiere de ningún modo sustituir a los responsables del gobierno; sólo desea poder participar, con espíritu de diálogo, en la vida de la nación, al servicio de todo el pueblo” (27-VI-09).

ACTUAR

La Iglesia no es enemiga a vencer, pues no pretende imponer el catolicismo a todo el país. Sólo pedimos libertad para exponer el Evangelio, para ofrecer a Jesucristo como único camino de verdad, de libertad y de vida plena. Este servicio no es tarea exclusiva de la jerarquía eclesiástica, sino de todo el pueblo de Dios, que debe ser profeta para denunciar lo que es contrario al Evangelio, y anunciar el camino de Jesucristo, como opción de vida para el pueblo. También los legisladores cristianos y católicos son Iglesia, y han de ser testigos del Evangelio en su servicio político.

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