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Quincuagésimo aniversario de la Pacem in Terris: la clave para una economía más humana en el redescubrimiento de Dios

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Después de una audiencia con el Papa Francisco y de dos mesas redondas sobre la emergencia mundial en el campo de la libertad religiosa y las persecuciones contra los cristianos (con particular atención a lo que sucede en Medio Oriente y Asia), las tres jornadas conmemorativas organizadas por el Pontificio Consejo Justicia y Paz en Roma sobre la histórica encíclica del Papa Roncalli se concentraron en la actual crisis internacional económico-financiera, sobre el problema educativo de las jóvenes generaciones y la influencia de los nuevos medios masivos digitales, sobre las últimas fronteras de la bioética y sobre el rápido cambio del panorama geopolítico actual respecto al acceso a los principales recursos naturales (agua, alimentación, tierra y energía). Uno de los debates más esperados fue sobre la crisis económica, protagonizado por el profesor Martin Schlag, director del centro de investigación “Mercados, Cultura y Ética” de la Pontificia Universidad de la Santa Cruz y por el profesor Stefano Zamagni, catedrático de economía política en la Universidad de Boloña.
 
Partiendo de puntos de vista sensiblemente diferentes, los análisis brindados por los dos demostraron, sin embargo, no pocos puntos en común, que pueden resumirse básicamente en dos: el primado de Dios (que presupone una batalla individual, antes que institucional, por obrar la santidad) y un decidido retorno de la ética en los cada vez más confusos —así como con frecuencia cínicamente depredadores— procesos de mercado occidentales. Para el docente alemán, la crisis, en efecto, antes que económica, tiene presupuestos culturales y espirituales y reside, en última instancia, precisamente en el olvido de las raíces cristianas. Claramente no se trata aquí de una discusión meramente académica, como algunos entendieron (por ejemplo) el debate sobre el preámbulo de la Constitución europea, sino de algo mucho más concreto y determinante: para Schlag la pérdida de las raíces de la fe ha causado también el colapso de la ética occidental y del sentido colectivo de nuestras acciones. De aquí que surjan, de manera transversal, movimientos populares de protesta (y también políticos) que hacen del irracionalismo instintivo de las pulsiones y de la apelación al “estómago” de los ciudadanos su razón de ser.
 
Según esta óptica todo cuanto nos rodea es negativo y debe ser descartado: el sistema económico, el libre mercado y a veces incluso el dinero mismo. Es por tanto paradójico que hoy, a menudo, tenga que ser precisamente la Iglesia quien deba recordar —de nuevo, en una obra de verdadera purificación de la memoria— que los montes de piedad y los primeros ejemplos de banca moderna nacieron de la iniciativa de cristianos comprometidos con el mundo en el periodo medieval. La “nueva evangelización” de la empresa a la que los cristianos están más que llamados en los países de antigua cristiandad no se refiere, por tanto, a “nuevas recetas” a inventar, sino, más que eso, a redescubrir y revalorizar experiencias antiguas, según sea el caso. Por otro lado, la idea que los valores de la Ilustración (suponiéndolos como tales), puedan mantenerse en pie aun sin el cristianismo ha sido refutada demasiadas veces en el último siglo: el curso de la historia reciente demuestra simplemente que “es una cosa que no funciona”. Schlag ha recordado entonces los estudios del filósofo político francés Pierre Manent, quien demostró que la causa de la desmoralización de Occidente (visible también, por ejemplo, en una caída demográfica sin precedentes) basa sus premisas en esa suerte de religión nihilista alternativa de masas que es el “credo de la ausencia de Dios”.
 
Una lectura en la que recientemente ha estado de acuerdo el primer ministro húngaro Viktor Orbàn, ya impopular ante la elite europeista por haber hecho aprobar una constitución nacional que se refiere explícitamente a la herencia del rey San Esteban (fundador de la monarquía húngara) e invoca muy claramente incluso (¡incluso!) la bendición divina sobre el pueblo magiar. Para Schlag, en suma, Europa no va a salir de la crisis si primero no redescubre —sobre todo en sus clases dirigentes— la ética evangélica que en los albores de su civilización difundió, o mejor, universalizó (in primis a través de la fundación de escuelas, orfanatorios y hospitales), el principio de la caridad social como criterio de discernimiento de la acción humana. Como enseña la Doctrina Social de la Iglesia, por otro lado, la filantropía en sí misma a la larga no produce grandes cambios si no tiene detrás una motivación ultraterrena y “no negociable”. ¿Y quién más sino los creyentes pueden poseer motivaciones de tal género? Si se nos permite una anécdota, viene a la mente el diálogo entre un célebre periodista británico y la beata Madre Teresa de Calcuta. Después de haber visitado personalmente los barrios bajos indios y atestiguado la obra heroica de las hermanas, el periodista exclamó: “¿Pero cómo puede hacer esto, Madre?, ¿quién le da la fuerza? ¡Yo no lo haría ni por mil millones de dólares!”. A lo que la Madre Teresa simplemente respondió: “Ni tampoco yo, de hecho. Es por Jesús por quien lo hago”.
 
Por su parte, en respuesta a Schlag, el profesor Zamagni se mostró convencido de la necesidad de redimensionar el balance de la globalización económica, de manera significativamente menos optimista, ya que focos de guerra e inestabilidad social continúan alimentándose en varias partes del mundo: en general, se puede afirmar que la riqueza per cápita no ha sido socializada donde más se necesita (de hecho, parece que la desigualdad ha aumentado en términos absolutos), ni mucho menos se ha realizado aquella categoría “nodal” de desarrollo integral sobre la que la Iglesia fundamenta los lineamientos para la sociedad futura. Si, por tanto, los procesos libres no han sido capaces de corregir las desigualdades, se necesita pensar finalmente en instituciones que “demuestren la capacidad de detener el aumento escandaloso de las desigualdades sociales” y así también garanticen condiciones duraderas de paz.
 
El redescubrimiento del valor de la gratuidad del don como comportamiento no solo virtuoso sino también racional y fructífero incluso económicamente (como exhortaba a hacer, en última instancia, la Caritas in Veritate) ya no es suficiente para Zamagni: es necesario intervenir firmemente hacia instituciones y organismos de control político supranacional, así como ya los hay en el ámbito financiero, para frenar el aumento de las injusticias y comprender que “no todo lo que es técnicamente posible es éticamente lícito”
 
Un leitmotiv que ha sido relanzado oportunamente también en la mesa redonda sobre bioética, donde antes de la profundización sobre la posible licitud de la investigación científica en embriones (de mano de la doctora Ornella Parolini del centro de investigación E. Menni de Brescia), se recordó con mucha emoción a un hombre inolvidable que luchó toda su vida contra la idea utilitarista aplicada a la vida de los seres humanos y de quien justo acaba de concluir la fase diocesana de beatificación: el genetista francés Jérôme Lejeune (1926-1994), descubridor del Síndrome de Down. Se concluyó el evento con un panel sobre buenas prácticas, presentado y moderado por Flaminia Giovanelli, subsecretaria del Pontificio Consejo Justicia y Paz, que ilustró con ejemplos concretos la infatigable obra de mediación social, pacificación y reconciliación que la Iglesia toda —laicos, presbíteros y obispos— desarrolla activamente en África, Sudamérica y Filipinas, en contextos de crisis, a favor de los más pobres y desfavorecidos. Entre las personalidades de relieve que intervinieron en el curso de los tres días, además de las ya mencionadas autoridades del dicasterio vaticano, estuvieron su presidente, S.E. Cardenal Peter Turkson, el secretario S.E. Monseñor Toso, el presidente del Pontificio Consejo para las Comunicaciones Sociales, S. E. Monseñor Claudio Maria Celli, el presidente del Pontificio Consejo para el Diálogo Interreligioso, S.E. Cardenal Jean-Louis Tauran y Monseñor Michael Fitzgerald, antiguo nuncio apostólico en Egipto.

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